A la esencia del Estado no le pertenece como tal el tener como fundamento un pueblo, ni varios, ni una etnia, ni una nación, ni ocupar un territorio. Ni siquiera el estar constituido por seres humanos, como tampoco la promoción irrestricta de la justicia ni la salvaguarda de la moralidad.
Esta autobiografía de Ernst Toller, que apareció en 1933 —en el momento en que comienza el triunfo de la barbarie y que coincide con la quema de sus libros en Alemania—, recorre el periodo que va desde su infancia hasta el destierro de Baviera en 1924, después de que saliera de prisión.
Como el mis
Viena, 1936. Una mañana, un alto funcionario del ministerio, casado con una bella y rica dama vienesa, abre una carta. Reconoce la letra azul pálido del sobre. Y esa caligrafía se hunde en su vida rutilante como la hoja de un cuchillo y la disloca de inmediato.